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UN TOQUE DE AZUFRE Image Hosted by ImageShack.us

Un verdadero artista

+ respuesta que Dalí le dio a Robert Hughes cuando este le preguntó cuál era el artista más puramente moderno. ``Joseph Pujol'', contestó Dalí sin mayores explicaciones. Hughes nunca había oído hablar de él y, tras una investigación, descubrió que era una ``estrella olvidada del music hall parisiense de finales del siglo que actuaba bajo el nombre de Le Petomane, el pedómano. En efecto, Pujol tenía la capacidad inusitada para ventosear y ejercía un perfecto control sobre los intestinos y el esfínter, lo cual no sólo le permitía soltar ventosidades de una manera melodiosa, sino también vaciar un tazón lleno de agua por el simple procedimiento de sentarse sobre él''. Enterado de quién se trata, Hughes continúa su asedio a Dalí sobre la rara habilidad de Pujol -podía pedorrear La Marsellesa completa. Entonces, Dalí insistió en recalcar que no se trataba simplemente de un talento natural, sino de la consecuencia de una ejercitación continua y una severa disciplina comparable al talento de Rafael para el dibujo.

La primera reunión entre Dalí y el presidente Pujol, la mañana del 24 de marzo de 1981, en la suite del hotel Meurice de París. Mientras el presidente contemplaba sentado un cuadro del pintor, éste se colocó de pie a su lado y se tiró un sonoro pedo (la escena está perfectamente documentada). ¿Una grosería? No, un acto patriótico. Dalí asociaba el apellido del presidente con el del pétomane Joseph Pujol, hijo del marmolista de Mataró Francesc Pujol, el cual triunfó en el París de principios del siglo pasado, en el Mouline Rouge -levantado por otro catalán, apellidado Oller-, donde cobraba 20.000 francos de la época por interpretar la Marsellesa con el ojo del culo.

A Monsieur Pujol se le describía indistintamente como un fenómeno y como un artista. Monsieur Pujol mismo prefería describirse con una palabra de su propia invención que combina admirablemente los significados de fenómeno y de artista: fartiste. Pues Monsieur Joseph Pujol, mejor conocido como Le Pétomane, se ganaba la vida —o mejor dicho, se ganaba pequeñas fortunas— tirándose pedos ante el público embelesado que llenaba el Moulin Rouge y luego el Théâtre Pompadour.

+ solía tirarse 230,50 pedos diarios según los médicos de la Sorbona.

Monsieur Pujol tenía por ano uno de los instru-mentos de viento más fabulosos del mundo. Su ano era capaz de producir notas musicales de tenor, de barítono y de bajo; de imitar el trueno y los cañones; de apagar la llama de una lámpara de gas ubicada a una respetable distancia; de fumar cigarros y tocar la flauta; y, según testimonios médicos serios de la época, de lanzar un chorro de agua a una distancia de cinco metros. Monsieur Pujol era un hombre de gran estatura, con un rostro caballuno, el pelo cortado casi a ras, un men-tón prominente y bigotes grandes y tupidos. Su aspecto era el de un carnicero o el de un panadero, que, por cierto, había sido su profesión anterior y lo sería después de su retiro del mundo de las farándulas. Para el acto diario que hizo por tres años en el Moulin Rouge, Monsieur Pujol se ponía el atuendo for-mal de un caballero: saco rojo con cuello de seda roja, corbata mariposa blanca, camisa y guantes blancos, cha-leco de color crema, medias negras, zapatos de charol Richelieu y pantalones negros o rojos de satén que se ceñían a sus largas piernas y musculosas nalgas como una segunda piel y que tenían la finalidad de demostrar a los espectadores que no llevaba nada escondido debajo. Comenzaba su acto con diversas imitaciones en que reproducía los pedos de una niña, los de una novia en su noche de bodas y a la mañana siguiente, los de una suegra, y los de ciertas personalidades políticas del día. Una vez acabados aquéllos, Le Pétomane desaparecía entre los bastidores, donde conectaba un largo tubo de jebe a su ano a través de un hueco practicado en el fondo de sus pantalones. Volvía a salir y se ponía a fumar cigarros con el tubo de jebe y a tocar melodías como “Le Roi Dagobert” o “Au Claire de la Lune” con una flauta. Y, finalmente, Monsieur Pujol se quitaba el tubo, apa-gaba con formidables ventosidades las llamas de los mecheros de gas que iluminaban el pequeño escenario, y culminaba el acto con una apoteosis musical en que el entusiasmado público intervenía coreando.

Pocos parisienses sabían o recordaban en 1895 que Montmartre —que viene de Mons Martyrum, “el Monte de los Mártires”— antes de convertirse en el centro de placer de París, había sido un lugar sagrado, el calvario donde Saint Denis fue martirizado. La leyenda cuenta que el decapitado Saint Denis recogió su cabeza ensan-grentada y la llevó a una caverna, donde fue sepultado. Montmartre fue un lugar especial de veneración durante la primera parte de la Edad Media y una parada obli-gatoria para los fieles en su peregrinaje a Santiago de Compostela. Durante el reino de Luis VI la Iglesia de Saint-Pierre fue construida en la cima de Montmartre y un convento de monjas benedictinas alrededor de ella. La Revolución de 1789 acabó con el status de Montmartre como un santuario. La comunidad bene-dictina fue disuelta, sus tierras y posesiones confiscadas, y la madre superiora del convento, una Montmorency, perdió su vida en la guillotina. Hasta el colapso del Segundo Imperio, Montmartre fue simplemente una bucólica aldea moteada de viñedos, de molinos y de canteras de yeso, con unos cuantos edificios importantes, incluyendo el ruinoso Château Rouge que Enrique IV había hecho construir en el siglo anterior y el Elysée-Montmartre, un salón de baile de características más bien sórdidas. Los parisienses toda-vía preferían Auteuil o Neuilly cuando decidían buscar el sol y el aire fresco en las afueras de París.

No fue sino después de la Comuna que Montmartre experimentó una explosión demográfica y se convirtió en la metrópolis de los artistas, que eran atraídos a La Butte por su buen sol y aire puro y por el alquiler barato. Degas pasó la mayor parte de su vida adulta en la Rue Victor Massé. El pintor académico Puvis de Chavannes tenía su estudio en la Place Pigalle, aunque ocupaba otro todavía más grande en Neuilly. Alfred Stevens, un amigo cercano de Degas, tenía el suyo en la Rue des Martyrs; Gustave Moreau, en la Rue La Rochefoucauld; y Toulouse-Lautrec, en la Rue Fontaine. Van Gogh compartió con su hermano un cuarto en la Rue de Laval y luego en la Rue Lepic. El compositor Erik Satie vivía en un miserable apartamento en la Rue Cortot, así como Suzanne Valadon y su hijo Maurice Utrillo. Picasso, Brancusi y Modigliani habrían también de añadir sus nombres a los de los residentes de Montmartre. Por esa misma época Montmartre comenzó también a ser conocido por sus numerosas atracciones nocturnas. Los cabarets y los salones de baile se multiplicaron alrededor de la Place Pigalle, en las laderas bajas de La Butte. Además del Moulin de la Galette estaban ahora el Casino de París, el Divan Japonais y el Moulin Rouge, donde el cancán hacía furor. Yvette Guilbert cantaba en el Moulin Rouge y Aristide Bruant en la Chat Noir y luego en el Mirliton. Los cafés Le Rat Mort, La Souris y el Hanneton eran acaparados por lesbianas que se reunían en un ambiente que olía a ajenjo, a éter y a cigarros. Por unos cuantos francos, el Boulevard de Clichy ofrecía efebos a sodomitas y pederastas como Jean Lorrain y el visitante Oscar Wilde. Para aquellos libertinos de gustos conservadores, en 1892 había 59 burdeles en Montmartre y este número pronto aumen-taría a 127 en 1900.

Entre los cuatro o cinco salones de baile que contaba Montmartre durante el fin del siglo diecinueve el Moulin Rouge era no sólo el más famoso de todos sino uno de los únicos dos que han sobrevivido hasta nuestros días. 1Aunque su interior ha cambiado consi-derablemente —el jardín exterior y el gigantesco ele-fante de papier mâché dentro del cual hacía Zélaska su danza del vientre para grupos exclusivos de hombres, han desaparecido —, su exterior permanece casi intacto y, lo mismo que un siglo antes, los chulos y las pros-titutas todavía merodean alrededor del local y acosan agresivamente a los turistas. El Moulin Rouge es una afortunada creación del empresario catalán Joseph Oller. En 1889, cuando adquirió el local de la antigua Reine Blanche en la Place Blanche, Monsieur Oller no sólo convenció a las estrellas del vecino Moulin de la Galette a pasarse a su establecimiento sino que tuvo la genial idea de añadir a la fachada del nuevo salón de baile la réplica de un molino rojo iluminado por luces eléctricas, inspirado sin duda por el molino medieval, llamado el Radet, que había hecho famoso al Moulin de la Galette. Monsieur Oller ignoraba que con este simple acto había añadido al cielo de París nada menos que otra silueta tan fácilmente reconocible como la catedral de Notre Dame,
el Arco de Triunfo, la Torre Eiffel o la basílica del Sacré-Cœur. Es engañoso decir que el Moulin Rouge era un simple salón de baile. Es cierto que muchos de los que frecuentaban el Moulin Rouge iban allí con el objeto de bailar el vals en su gran pista cubierta, pero ésa no era la única atracción que el Moulin Rouge podía ofrecer al público de 1895. Si el cancán francés tuvo su origen en el quadrille inventado por Céleste Mogador en el Bal Mabille y refinado en Londres por Charles Morton, es en el Moulin Rouge que adquirió su reputación mundial y su importancia histórica en las manos —o más bien, en los pies— de La Goulue, de Jane Avril, de Grille d’Egoût, de Môme Fromage, de Nini Pattes en l’Air y de otras de su clase. La reina de estas grandes chahuteuses de la época fue incuestionablemente La Goulue, una rubia regordeta con una mirada insolente y un insaciable apetito por la comida y por el licor. Cuando ella dejó el Moulin Rouge después de una pelea con Monsieur Oller, el cancán francés comenzó también a declinar, para ser reemplazado finalmente por la danza apache o valse chaloupée de Max Dearly y de Mistinguett. Otra atracción incluida en el programa del Moulin Rouge era, por supuesto, el extremadamente popular acto de Le Pétomane, por el que Monsieur Pujol recibía unos 2.000 francos por noche.

Monsieur Pujol había terminado su acto de la tarde y se estaba cambiando en su camarín cuando se anunció un visitante. Le Pétomane se cubrió la verga con latoalla con que se estaba secando y depositó los músculos fatigados de sus nalgas en un sillón tapizado de verde. El visitante era un caballero de unos cuarenta y cinco años, con barba corta y los ojos negros y som-breados de un árabe. Cuando vio al famoso artista con la mitad baja de su cuerpo en cueros, hizo un amago como para retirarse, pero Le Pétomane lo detuvo diciendo: —No se vaya, Monsieur. Es una segunda naturaleza para mí andar con el culo al descubierto. Como usted seguramente sabrá, a veces prescindo por completo de estos calzones rojos, cuando hago mi acto especialmente para los caballeros. Volvió a leer la tarjeta que Monsieur Zidler, el administrador, le había entregado apenas unos minutos antes. —Doctor Charles Beauclair, Doctor de Medicina... ¿Sabía, Monsieur, que es usted el tercer doctor que se ha presentado en este modesto camarín en menos de un mes? Todos parecen ignorar el hecho de que he sido ya el sujeto de dos doctas disertaciones, una por el doctor Charpy y la otra por el doctor Baudouin, y que nada que escriban después de eso puede añadir nada nuevo sobre ese portento que es mi recto.

Beauclair se había instalado en una rústica silla de madera que Le Pétomane le había ofrecido. Sus ojos brillaban con inteligencia y fuego en un rostro serio y un tanto pálido que contrastaba agudamente con una barba negra recortada con esmero. A diferencia de los otros médicos que habían pasado por el camarín, Beauclair parecía respetar a su interlocutor y no sólo estar inte-resado en él como una curiosidad. —No he venido a hacer un estudio sobre usted —declaró Beauclair ante la gran sorpresa de Monsieur Pujol—, sino a pedirle que me admita como alumno suyo en ese inimitable arte en que usted es maestro y precursor.

La extraña petición del visitante pareció coger a Monsieur Pujol desprevenido. Por un minuto o dos Le Pétomane permaneció escrutando el rostro del otro con sus ojos hundidos, tratando de decidir si se trataba de una broma o no. Cuando se convenció de que el buen doctor hablaba en serio, la sorpresa del primer momento se transformó en suspicacia. —¿Para qué quiere usted aprender mi modesto oficio? Estoy seguro de que su profesión es mucho más lucrativa y le da mayores satisfacciones: no sólo dinero, sino también fama y respeto. He adquirido una conside-rable fama en los últimos dos años, pero no es la que más conviene a un caballero como usted. —Le puedo asegurar, Monsieur Pujol, que no tengo ninguna intención de competir con usted en su espe-cialidad; puede usted estar tranquilo. No intento apren-der su oficio, sino su habilidad. —Mi habilidad —contestó Le Pétomane—, no es algo que se enseña. Es posible enseñar a un chimpancé a hacer mil increíbles trucos y malabares, pero nadie puede enseñarle a volar como un pájaro, pues ni la inteligencia ni el conocimiento pueden suplir los dones naturales que la naturaleza ha dado a cierta especie o a cierto individuo. En mi caso, Dios ha querido que mi recto fuera dotado de una fuerza y de una flexibilidad extraordinarias.

Eso es lo que usted quiere hacernos creer —dijo Beauclair con convicción—. Y sin duda tiene usted una excelente razón para querer perpetuar este engaño: el secreto de su talento es menos vulnerable si todo el mundo cree que se debe a una anormalidad física y no a una técnica que se puede adquirir o reinventar. Pero usted y yo sabemos que la verdad es otra. Una sonrisa taimada afloró sobre los labios de Monsieur Pujol, quien no trató de refutar al otro. Hubo un silencio. —Suponiendo que es verdad lo que dice —Le Péto-mane se ajustó la toalla que le tapaba la pudenda—, ¿qué incentivos está usted dispuesto a ofrecerme para que quiera enseñarle el supuesto secreto de mi habilidad? —Le ofrezco mil quinientos francos por su paciencia —dijo Beauclair—, pero el mejor incentivo es el que proviene de usted mismo, cuando se dé cuenta de que conmigo el secreto de su arte no sólo está seguro, sino asegurado contra el olvido del tiempo y la interrupción inoportuna de la muerte. —Necesito tiempo para considerar su oferta —dijo Le Pétomane después de una pausa, tentado a pesar suyo—. Vuelva en una semana, Monsieur. Beauclair se puso de pie, se caló el sombrero, tomó su bastón y se despidió.
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