
¿Quién no ha echado alguna vez una cabezadita en el metro o el bus? Esa babilla que se desliza y cuya humedad te provoca un abrupto y avergonzado despertar, ese último ronquido mal disimulado, motivo de irónicas miradas de soslayo por parte (precisamente) de la chica más guapa de alrededor... Pues si nos pasa a nosotros, garañones sureuropeos famosos por nuestra extrema dosificación del esfuerzo laboral, imaginad al pobre asalariado nipón medio, es decir, el currelilla más puteado del planeta. Lo exigente de sus jornadas de trabajo, esa imposible dieta a base de pescado y cosas redondas, y la exposición continua a las parafilias más descabelladas explican lo fácilmente que aquellos angelitos encorbatados se quedan sopa en los transportes públicos (cuando no en plena rue) al volver de noche a sus armarios, digo apartamentos. Bueno, lo cierto es que lo mucho que le dan al sake también contribuye a que día sí día también alcancen semejante catatonia. Y es que no hay más que ver "Sin Chan" para darse cuenta de hasta que punto, por aquellos lares, la ebriedad post-laboral es contemplada como un hecho cotidiano sin la menor trascendencia social. 

Autor: Kitsune
Fecha: 17/12/2004 18:43.
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